Monday, September 7, 2009

Los caballitos

La luz pasa a través de un vidrio opaco y se refleja en el costado de un viejo sillón reclinable de piel café. Estoy sentada en el piso, entre la ventana y el sillón, vendiendo caballitos de colores con rebaba. La ventana es el escaparate donde los muestro hacia la calle, muy ordenaditos en fila. Hay una bolsa en el suelo y de ella salen más y más caballitos: azules, verdes, amarillos, todos con rebaba.

Mientras quito el fleco lacio que cae sobre mi frente mis caballitos beben leche. He robado para ellos una taza muy llena y en ella sumergen su hocico de plástico. Una canción como mantra se repite por dentro hasta que mis labios secos quedan sellados completamente.

Suena apenas la respiración de la abuela, que se quedó dormida entre sueños de oxígeno y sal después de que cepillé mañosamente sus largos cabellos para así arrullarla y poder robarme la leche. Una, dos, tres moneditas en mi mano. Vendí un caballito a un cliente invisible y otro a mi abuela. Mis moneditas se deslizan una a una hacia el bolsillo.

Ya guardadas las ganancias, miro detenidamente a mi abuela. Miro sus las manos nudosas entrecruzadas bajo el pecho, la trenza larga anudada con estambres de colores, como las muñecas que venden en el Zócalo, sus labios delgaditos y arrugados y sus ojitos llorosos cuando, por las mañanas, se despedía por esa misma ventana. Sonrío porque algo me dice que mi último caballito vendido reposará sobre su pecho por siempre.

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