La nostalgia al estómago, la ira al estómago, la alegría al estómago, los nervios al estómago. Pensar que muy pronto no tendré motivos para regresar al primer hogar: ese, bajo cuyo rostro pintado de rojo se esconden las arenas de desdichas infantiles, el lila de los sueños kafkianos y el verde de las ganas de redimirse ante los demás.
Todos esos se fueron al estómago de distintas formas, pues es ahí es donde mi cuerpo ha encontrado el punto en el que se apoyan las palancas de estos años.
Ese hogar se me fue al estómago, no se a dónde irá el siguiente, solo destino a ese pensar esperanzas de renovación y la sensación potencial de nostalgia que sobrevendrá una vez que haya cerrado la puerta por última vez.
Esa imagen primigenia del hogar consiste en el plástico azul con blanco siempre pegajoso de una pequeña estructura de madera de la que alguna vez escapé y desde la cual mi perspectiva del mundo era tan limitada como los pies de la abuela y las paredes pintadas de blanco sucio. El televisor con carcaza de madera rojiza donde recuerdo el verde brillante de los campos de futbol y la silla de madera junto a la cama, siempre con una jarra de agua y un horrible vaso azul.
Nunca noté el tanque de oxígeno.
Los pies de la abuela sobre el piso asomaron un día del borde de la cama. Con mis ojos muy abiertos y cejas muy levantadas avancé para encontrarme con la última trenza y la tradicional petición de los cinco años atorada entre los labios.
Se pronunció oficialmente que la recámara era mía ahora, pero pasaron años antes de ocuparla.
El odioso piso de congoleum que simula madera, año tras año se desgasta bajo mis pies y bien pudo agujerearse de tanta reflexión, sigue ahí testigo de una muerte, de pasos en crecimiento, de recorridos adolescentes, de pijamadas, de borracheras, de escarceos, de lágrimas, vómitos y comidas, de piel muerta, de polvo, sangre, de cajas, de mota, de muebles cambiados de lugar, de manchas de pintura verde o roja, de óleo, de marcas de zapatos, de hoyos provocados por los muebles, pelos de gato, arañas y bichos, de leche... todo ello en mi estómago cada que lo pienso.
No volveré más a ese hogar y cada que tome una avenida estaré encaminándome a él. Más de un cuarto de siglo de pasos automáticamente calculados, escalones que se pueden subir y bajar a oscuras, cerraduras que se pueden adivinar, sonidos de madera que se pueden evitar, grietas más conocidas que el amigo más íntimo, ese fue mi hogar.
Este es el limbo entre hogar y hogar. A punto de ser una sin-casa por dentro, en lo que arranco uno y me acostumbro a otro. ¿Qué será de esas paredes? Tantos años habrán dejado mucha esencia ahí, lo demás lo llevo en el estómago.

¿Cómo no te va a doler el estómago así? El cuerpo nunca miente...
ReplyDeletePero no dejes la nostalgia, la ira, la alegría, los nervios, sólo dentro de ti, comparte, sigue escribiendo y tendrás una casa de palabras.